El primer paso al bajar del barco es confiar en el olfato: el salitre llega antes que el rumor de las olas, y la brisa se cuela por entre las rocas como un periodista audaz buscando la exclusiva más fresca. Si alguien te prometió que el Atlántico podía ser transparente, aquí tiene pruebas en alta definición. Ven y descubre las mejores playas de la Isla de Ons mientras compruebas que el concepto de verano gallego no es un mito, sino un acuerdo tácito con el sol y las nubes, donde el azul gana más veces de las que Facebook admitiría. El muelle recibe con el eco de las gaviotas y un desfile de mochilas, sombreros de paja y algún que otro impermeable prudente; es Galicia, sí, pero también es un parque nacional que ha logrado conservar ese difícil equilibrio entre lo salvaje y lo acogedor, ese punto exacto en el que el turista se siente invitado, no dueño.
A dos pasos del puerto, la arena suelta de Area dos Cans confirma que el nombre no es promesa rota: hay un remanso luminoso para quienes no quieren caminar demasiado y un azul que parece afinado por músicos de cámara. No es casual que muchas familias se queden aquí: la protección natural de la ensenada y el acceso cómodo la convierten en el primer abrazo de la isla al visitante impaciente. Pero basta mirar al norte para sentir la llamada de un litoral más abierto, donde el Atlántico respira a pleno pulmón y la vegetación repta por las dunas con una disciplina botánica que haría sonreír a cualquier biólogo. En los días claros, los bancos de arena muestran su filigrana y la línea de espuma se enrolla y desenrolla con el ritmo hipnótico de un taller de encuadernación marina.
Para quienes prefieren una estampa con sabor a retiro, el tramo de Canexol y la vecina Pereiró despliegan texturas de calma y una luz que cae oblicua por la tarde, como si pintara a pincel seco cada grano. La historia local asoma entre mareas: hay bateas al fondo, ecos de marineros y un pueblo que nació mirando al agua, no a la tierra. El periodismo de viaje se debe a su audiencia, así que aquí va un dato útil envuelto en poesía: cuando el viento decide cambiar la partitura, estas calas quedan a resguardo y mantienen el agua con esa temperatura honesta, fría la mayor parte del año, perfecta para recordar que estás vivo. Sumergir los pies equivale a firmar una crónica con tinta helada, y salir de un chapuzón es ganar la portada del día.
Más arriba espera Melide, una curva de arena blanca que ha hecho fama propia, libre de complejos, donde el océano acomete frontal y la sensación de límite se vuelve deliciosa. Es territorio codiciado por quienes buscan espacios abiertos, agua limpia y un horizonte que no se agota; también por quienes practican el nudismo, normalizado y discreto, integrado en un paisaje que no pregunta ni juzga. En temporada alta, los colores de las toallas forman una geografía a escala, pero incluso entonces el espacio rinde tributo a esa palabra mágica que cada veraneante pronuncia en voz baja: libertad. El olor a tojo y pino llega de la ladera, y más allá el sendero acaricia miradores desde los que el faro recorta su silueta con la dignidad de un veterano de guerra que ha visto demasiadas tormentas como para presumir de ninguna.
La isla no vive solo de playa: late en sus rutas señalizadas, que dibujan bucles entre acantilados y praderas, y culminan en el famoso Buraco do Inferno, una boca de piedra donde el mar resopla con teatralidad cuando la marea lo permite. La prensa tiende a la hipérbole, pero aquí no hace falta: el sonido basta. En el camino, lagartijas veloces, flores que convierten el suelo en mosaico y colonias de cormoranes componiendo ese censo de fauna que el parque protege con celo. Lo más inteligente que puedes llevar, además de crema solar, es curiosidad: cada giro descubre una variación de luz, un recodo sin huellas, una roca que parece diseñada para apoyar el cuaderno y anotar ideas.
No todo es naturaleza; también se come, y se come con convicción. El pulpo a la gallega de la isla tiene partidarios que rozan el fanatismo razonable, quizá por la combinación imbatible de producto, punto de cocción y esa atmósfera de terraza de puerto donde los vasos sudan y las conversaciones bajan el tono a medida que el sol cae. A nadie debería sorprenderle que la cola para una ración se parezca a un plebiscito: aquí se vota con palillos. Entre bocado y bocado, el consejo práctico que salva jornadas: el acceso está regulado, con cupos y autorizaciones de la Xunta en fechas de alta demanda, y los ferris salen de puertos como Bueu o Portonovo con horarios que no perdonan a los despistados. Comprar el billete está bien; revisar la letra pequeña de la autorización, mejor.
La seguridad tiene sus capítulos: hay playas con socorristas en verano, banderas que hablan claro y corrientes que no admiten chulerías. Un periodista que firma con honestidad te dirá que el Atlántico es noble, pero no ingenuo, y que el respeto por el medio no es un discurso, sino una conducta. No se permite acampar fuera de las zonas habilitadas, ni arrancar plantas, ni olvidar que las dunas son seres vivos con mal despertar si se las pisa. A cambio, la isla te regala cielos que se abren de golpe y una noche que, sin contaminación lumínica, convierte cualquier insomnio en observatorio astronómico improvisado.
Hay momentos que pertenecen a una estación concreta: en primavera, la explosión vegetal pone a prueba el vocabulario del color; en verano, el agua gana tentaciones y los barcos dibujan líneas puntuales hacia y desde el continente; en otoño, la calma regresa con un timbre más bajo, más íntimo, ideal para los que coleccionan silencios. Incluso en días grises, cuando el viento decide contar su propia historia, la costa ofrece esa belleza áspera que no pide filtros ni edición, solo presencia. Es el tipo de lugar que convierte al visitante frecuente en cronista involuntario, capaz de narrar la evolución de una nube como quien cuenta un gol.
Queda un apunte para quienes viajan con prisa: aquí el tiempo obedece otra lógica. Los relojes se quedan cortos para medirla y los mapas mienten por omisión, porque callan los detalles que importan. La gracia consiste en dejar que la arena imponga su medida, que el rumor del puerto marque los intermedios y que cada baño, por breve que sea, ancle el día a una memoria nítida. Así, cuando el barco de vuelta se separe del muelle y el agua haga su dibujo de despedida, entenderás por qué algunos lugares se escriben en presente continuo aunque ya te estés yendo.