En una ciudad donde las piedras hablan de historia y las cábalas del Camino se mezclan con el aroma a pulpo, los implantes en Santiago de Compostela están viviendo su propio año santo. Y no, no es una moda pasajera; es el resultado de una medicina que ha dejado atrás el miedo al taladro para abrazar la planificación digital, la sedación consciente y un enfoque casi artesanal del detalle estético. Si alguna vez pensaste que tapar un hueco dental era cuestión de “ya me pondré algo”, conviene saber que hoy la diferencia entre un parche y una restauración que te devuelve la mordida, la fonética y la seguridad se mide en micras… y en sonrisas que vuelven a salir en las fotos.
Caminas por el casco histórico, miras escaparates y descubres clínicas que hablan de escáneres 3D, carga inmediata y guías quirúrgicas impresas. Palabras grandes, sí, pero con un fondo muy simple: la odontología ya no improvisa. Antes de colocar un tornillo de titanio, se escanea el hueso, se planifica el ángulo de inserción y se prevé cómo morderás una tortilla en Rúa do Franco sin que la prótesis se convierta en protagonista. El reportero que firma estas líneas ha pisado salas blancas, ha visto pantallas con cráneos en 360 grados y, sobre todo, ha escuchado a pacientes contar que lo más sorprendente fue pasar de evitar la risa a reírse de no haberlo hecho antes.
La promesa de comer sin miedo es un argumento poderoso, pero los datos también lo son. La tasa de éxito de los implantes, cuando hay un buen diagnóstico y mantenimiento, supera con holgura el 95% a largo plazo, y eso en la práctica significa que el primer mordisco a una empanada vuelve a ser un acto cotidiano y no una ruleta rusa. Claro que no todo vale para todos: hay encías sensibles, bruxismos que se toman la justicia por su mano por las noches, hábitos como el tabaco que ralentizan la cicatrización, y huesos que, como algunos portales barrocos, necesitan restauración previa en forma de injerto o elevación de seno. La entrevista previa con el odontólogo no es un trámite, es el guión de una película que conviene que termine bien.
Si te preguntas por el proceso, piensa en tres actos. Primero, el estudio: radiografía panorámica, tomografía, registros digitales y una conversación franca sobre expectativas. Aquí nadie promete milagros; se plantean opciones, tiempos y costes. Segundo, la cirugía: suele ser más breve de lo que imaginas, con anestesia local y, si eres de los que sudan las manos al ver una jeringa, con sedación consciente para que el sillón dental se parezca más a una siesta vigilada que a una prueba de valor. Tercero, la integración y la prótesis: el titanio se lleva bien con el hueso y, tras unas semanas o meses, llega la corona definitiva, diseñada para que encaje con tu mordida, tu color y tu forma dental de siempre, solo que sin las historias de guerra que arrastraba la pieza perdida.
En la ruta aparecen también las alternativas. Las prótesis removibles siguen siendo una opción, pero tienen esa costumbre de pedir permiso a la saliva y a la paciencia, y no siempre lo consiguen. Los puentes sobre dientes tallados funcionan, pero sacrifican estructura sana en piezas vecinas. El implante, cuando es posible, juega a otra liga: autonomía, preservación ósea y una sensación de diente propio que no necesita recordatorios nocturnos en un vaso de agua. La tecnología además ha democratizado procedimientos que antes parecían reservados para las capitales más grandes, y Santiago ha tomado nota.
Hablemos de dinero, ese invitado inevitable. Los presupuestos varían según el material, la necesidad de injertos, el número de piezas y el tipo de prótesis final, y conviene desconfiar tanto de los precios de ganga como de las etiquetas de lujo sin explicación. La clave está en pedir un plan por escrito con cada fase detallada, materiales certificados y una previsión de revisiones. La letra pequeña más importante no es el descuento, sino la garantía clínica, la trazabilidad del implante y el compromiso de seguimiento. Es como elegir botas para el Camino: si solo miras el color, acabarás pensando en tus pies antes que en la catedral.
Un capítulo aparte merece la estética. Lo que otros llaman “diente bonito”, en la ciudad del Pórtico de la Gloria toma el nombre de proporciones, línea de la sonrisa y arquitectura gingival. Aquí entra el trabajo coordinado de cirujano, prostodoncista y, en muchos casos, un laboratorio que maneja cerámicas de última generación. No es vanidad, es armonía: que la encía no se deprima con el tiempo, que el perfil de emergencia no delate el implante, que la luz se refleje como en un esmalte natural. Detalles pequeños que el ojo no entrenado no sabe explicar, pero que cualquiera nota cuando la foto queda bien a la primera.
También hay margen para el humor, porque la salud bucal no está reñida con la sonrisa literal. Uno de los pacientes que conocimos, tras perder un molar en un duelo desigual con un turrón de Navidad, resumió así su experiencia: “Entré con miedo a la broca y salí discutiendo con el dentista si el blanco A2 o el A1 me hacía parecer más gallego de invierno”. Detrás del chascarrillo había algo serio: el sentir que recuperaba control, que ya no masticaba “de un lado” ni evitaba las reuniones con pinchos duros. Y eso, en periodismo, se llama testimonio con contexto.
La prevención, por supuesto, sigue siendo la mejor inversión. Un implante bien colocado puede fracasar si se olvida el mantenimiento, del mismo modo que un peregrino puede perderse si ignora las flechas amarillas. Cepillado meticuloso, irrigadores, revisiones periódicas, férulas si aprietas los dientes por las noches y una alerta temprana ante el sangrado o la inflamación son el equivalente a revisar el calzado antes de salir. No glamouriza, pero te ahorra sustos, y a los especialistas les permite intervenir cuando el problema aún es pequeño.
Queda la pregunta final que todos hacen pero pocos formulan en voz alta: “¿Duele?”. La respuesta honesta es que el procedimiento se maneja muy bien con anestesia y, cuando se indica, con sedación; lo que más se nota después es una molestia controlable y una sensación parecida a la de haberse pasado con una sesión de gimnasio en la mandíbula. Nada épico, nada de relatos heroicos, solo una recuperación pautada, con medicación y hielo si hace falta, y con la promesa razonable de que pronto te olvidarás de que allí abajo hay titanio trabajando a tu favor.
Santiago gusta de finales discretos, de pasos que se asientan con el tiempo y de decisiones que miran al futuro. Si llevas un hueco dental como quien lleva una piedra en el zapato, es probable que haya llegado el momento de pedir una evaluación con un equipo que explique sin prisas, planifique con ciencia y trate con mano experta. La ciudad está preparada para que la próxima vez que sonrías en la Praza do Obradoiro no pienses en el ángulo de la cámara, sino en el gusto de volver a hacerlo sin miedo.