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Testigo silencioso: Mi vida entre barreras en Lavacolla

Trabajar en el parking aeropuerto Santiago de Compostela es habitar en un mundo de transiciones. A diferencia de mis compañeros que están dentro de la terminal, bajo las luces brillantes y el aire acondicionado de los mostradores de facturación, mi oficina es de hormigón, huele a gasolina y, la mayor parte del año, tiene una banda sonora de lluvia golpeando contra el asfalto.

Lavacolla tiene fama de tener niebla, y doy fe de ello. Hay mañanas de invierno en las que apenas veo la terminal desde la garita de control. Mi rutina se divide entre asistir a los conductores en las máquinas de pago, resolver incidencias con matrículas que las cámaras no leen por el barro y, mi tarea favorita, hacer de detective. Y es que no os imagináis la cantidad de gente que vuelve de un viaje de una semana y ha olvidado por completo dónde dejó el coche.

He aprendido a leer a las personas por cómo aparcan. Están los ejecutivos del puente aéreo de primera hora, que entran rápido, aparcan de memoria siempre en la misma plaza y ni me miran. Luego están las familias que se van de vacaciones; es el caos organizado, sacando maletas del maletero, el padre nervioso mirando el reloj y los niños corriendo entre los coches. A esos siempre intento echarles una mano si veo que se lían con el ticket.

Lo más curioso de este trabajo es que somos, literalmente, la despedida y la bienvenida. Veo la ansiedad en los ojos de quien llega tarde y teme perder el vuelo. Pero también veo el alivio de la vuelta. Me gusta observar a los peregrinos que recogen coches de alquiler o a los gallegos emigrados que regresan por Navidad. Cuando la barrera se levanta para dejarles salir, a menudo bajan la ventanilla para pagar y les golpea el aire frío de Santiago. Muchos sonríen y dicen: «¡Qué frío, ya estamos en casa!».

No es el trabajo más glamuroso del mundo. Pasas frío, tragas humo y hay días eternos. Pero en este laberinto de plazas pintadas en el suelo, me siento un pequeño engranaje necesario para que la gente pueda volar lejos y, lo más importante, tener un lugar seguro donde volver.