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Del Asfalto al Atlántico: Una Travesía hacia el Paraíso Gallego

El viaje comienza mucho antes de ver el mar; empieza en el corazón de la península, donde el asfalto de Madrid irradia el calor acumulado durante el día. La promesa del Atlántico actúa como un imán irresistible para quien busca escapar del ruido y la urgencia de la capital. Ya sea a bordo de un tren de alta velocidad que parte de Chamartín o al volante por la autovía A-6, la travesía se plantea como una transición gradual entre dos mundos opuestos: la meseta seca y dorada contra el vergel húmedo y esmeralda del noroeste.

A medida que los kilómetros se consumen, el paisaje narra su propia historia. Los campos de trigo de Castilla dan paso, tras cruzar los túneles que perforan la montaña en la frontera con Galicia, a un escenario radicalmente distinto. De repente, la orografía se vuelve caprichosa; los valles se hunden y los montes se elevan cubiertos de eucaliptos y pinos. El aire, incluso a través de la ventanilla, parece cambiar de textura, volviéndose más fresco y cargado de humedad.

El destino intermedio es Vigo, la ciudad olívica, que recibe al viajero con su inconfundible mezcla de carácter industrial y belleza natural. Allí, en la Estación Marítima, el ambiente vibra con una anticipación colectiva. Es necesario haber reservado con antelación, pues las islas cíes galicia es un santuario protegido con aforo limitado. Con el billete y la autorización en mano, el viajero sube al catamarán, dejando atrás el perfil urbano y los astilleros para adentrarse en la Ría de Vigo.

La travesía en barco, de unos cuarenta y cinco minutos, funciona como una cámara de descompresión. A babor y estribor quedan las bateas, esas plataformas de madera donde se cría el mejillón, meciéndose suavemente. Al fondo, en la boca de la ría, se perfilan las Islas Cíes: Monteagudo, do Faro y San Martiño. Parecen tres guardianes de piedra que protegen la costa gallega de la furia del océano abierto.

Al desembarcar en el muelle de Rodas, la realidad supera a la fotografía. La arena es de un blanco tan puro que deslumbra, y el agua oscila entre el turquesa y el zafiro, evocando latitudes caribeñas, aunque el primer contacto con el mar recuerda al visitante que está en el norte: el agua es gélida, revitalizante, un choque eléctrico para los sentidos. No hay coches, ni hoteles, ni ruido urbano; solo el sonido del viento y el grito de las gaviotas patiamarillas, las verdaderas dueñas del archipiélago.

El día transcurre entre caminatas por senderos que huelen a pino y salitre. La subida al Faro de Cíes se convierte en una peregrinación obligada. El camino serpenteante exige esfuerzo, pero la recompensa en la cima es absoluta: una vista de 360 grados donde el infinito del océano Atlántico rompe con violencia contra los acantilados verticales de la cara oeste, contrastando con la calma de la playa de Rodas en la cara este. Allí arriba, con Madrid a casi seiscientos kilómetros de distancia, el viajero comprende que no ha viajado solo a una playa, sino a un refugio salvaje donde la naturaleza dicta sus propias normas.