Eran casi las dos de la tarde de un martes de julio. El calor en Santiago de Compostela tenía esa cualidad pegajosa que a veces sorprende a los visitantes estivales, aunque las densas nubes amenazaban, como siempre en esta tierra, con dejar caer un ligero calabobos en cualquier momento. Yo caminaba cerca de la Praza do Obradoiro cuando la alergia, o quizás el polen mezclado con el polvo acumulado de tanto trajinar por calles empedradas, decidió pasarme factura de forma repentina. Mis ojos empezaron a llorar y un picor insoportable en la garganta me dejó claro que necesitaba un antihistamínico con urgencia. Simplemente, no podía seguir disfrutando de la ciudad en aquel estado.
Saqué el móvil del bolsillo, con la pantalla reflejando el cielo plomizo, y tecleé rápidamente: «farmacia abierta ahora en Santiago de Compostela». A esta hora, rozando las dos de la tarde, muchos pequeños comercios empezaban a bajar la persiana para el descanso del mediodía, esa pausa sagrada que divide la jornada. Por suerte, el mapa digital me indicó que había una farmacia con horario continuo a menos de diez minutos a pie, bajando por la Rúa do Franco y desviándome un poco hacia la zona nueva de la ciudad.
Comencé a caminar a paso ligero, frotándome los ojos de vez en cuando. A mi alrededor, la ciudad vibraba con su energía habitual. Esquivé a un grupo de peregrinos que celebraban, exhaustos pero eufóricos, su llegada frente a la imponente fachada de la Catedral. Sus mochilas enormes y el golpear de sus bastones resonaban contra la losa de granito, totalmente ajenos a mi pequeña misión médica. A medida que me alejaba del epicentro monumental, el ambiente se volvía un poco más cotidiano y menos turístico. Las calles estrechas, flanqueadas por edificios de piedra oscurecida por los siglos y la humedad, me guiaban como un laberinto que resultaba extrañamente acogedor.
El sonido de mis propios pasos se mezclaba con el murmullo alegre de las terrazas llenas de gente tomando un vino blanco o picando algo antes de comer. Mi garganta raspaba con cada respiración, pero entonces, al girar una esquina, la vi. Aquella cruz verde, luminosa y parpadeante, se alzaba como un faro de esperanza en medio de la acera. Es curioso cómo un símbolo tan universal y cotidiano puede llegar a provocar tanto alivio cuando realmente lo necesitas.
Empujé la pesada puerta de cristal y el contraste fue inmediato. Dejé atrás el bullicio y el aire pesado del verano gallego para adentrarme en un pequeño santuario de luz blanca, temperatura perfectamente regulada por el aire acondicionado y ese olor tan característico a limpieza y medicamentos. La farmacéutica, una mujer de sonrisa amable y bata impecable, me atendió al instante desde el mostrador. Le expliqué mis síntomas con voz ronca y apresurada.
Con la eficiencia de quien ha visto a miles de turistas y locales en mi misma situación, desapareció entre las estanterías y me entregó la caja que necesitaba, ofreciéndome incluso un vaso de agua del dispensador para que pudiera tomarme la primera pastilla allí mismo. Al salir de nuevo a la calle, el picor ya parecía menos amenazador, o tal vez era pura sugestión. Guardé el cambio en el bolsillo, miré hacia las torres que asomaban a lo lejos sobre los tejados y respiré hondo. Con el remedio haciendo su trabajo, Santiago de Compostela volvía a ser mía para caminarla, paso a paso, piedra a piedra.